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Los ojos de Elí estaban abiertos, clavados en el cielo. Su cuerpo yacía sobre el camino embarrado, en una postura grotesca y con una sonrisa roja cruzándole el vientre. Su vestido de lana gris estaba empapado de una sustancia carmesí, que brillaba a la luz menguante del ocaso.
A su lado, Vesta sollozaba desconsolada, con las lágrimas dejando tras de sí un sendero rosado sobre su cara sucia. La chiquilla sostenía la mano inerte de su madre, temblando bajo el manto de piel de venado.
Con el invierno, la nieve y el frío habían llegado, enterrando el pueblo bajo un manto de blancura infinita. Pero con el invierno también regresaban los hombres, después de que se firmasen las treguas entre los nobles que se peleaban por unos metros más de fronteras.
A veces, los que volvían eran los hijos, los esposos e incluso los abuelos, cuando ganaban la guerra. Entonces, se organizaba una gran fiesta que ocupaba varios días, donde las provisiones se consumían sin ningún tipo de mesura, y todo el mundo reía.
Pero había años en que los hombres de la región perdían sus batallas, y quienes aparecían eran aquellos que los habían derrotado. Hombres feroces, alejados de sus hogares, altos y terribles. Entonces, las mujeres huían con sus hijos hacia los bosques que conocían desde su niñez, y las aldeas quedaban desiertas, dispuestas para que los extranjeros robasen, saqueasen y quemasen cuanto desearan.
Y, demasiado a menudo, aquellos hombres llegaban por sorpresa, y los gritos de ancianos, mujeres y niños se alzaban en la oscuridad durante días.
Vesta se había despertado en mitad de la noche, siendo zarandeada por su madre. Sus ojos azules se movían frenéticos, y tenía la frente sudorosa. Su rostro era una máscara de auténtico miedo, y las manos le temblaban.
- ¡Ponte la capa y mete en tu mochila toda la comida que puedas!- le espetó, mientras revolvía los cajones e introducía ropa en un petate de cuero. Vesta, sin saber por qué, saltó de la cama y obedeció a su madre con presteza, calzándose las botitas y cargándose al hombro un petate repleto de pan, queso y algo de carne en salazón.
Cuando Elí terminó de llenar varios pellejos con agua, salieron corriendo hacia el bosque. Vesta, recién despertada, no había oído hasta entonces los gritos que procedían del exterior. Fue un instante fugaz, pero al cruzar la puerta se encontró con algo espantoso. Dos docenas de hombres recorrían las casas del pueblo, derribando puertas a patadas. Uno de ellos empujaba violentamente a Thaïs, la mujer de Kurgon, contra una caseta, con los calzones en los tobillos. Los únicos hombres que quedaban, demasiado viejos o demasiado jóvenes, eran el único objetivo de las espadas desnudas y brillantes de los extranjeros. Muchos de ellos yacían en el suelo, manchando de sangre la nieve que había caído durante el día.
Elí tiró de la mano de su hija, y dirigió sus pasos hacia el bosque. Vesta empezó a llorar, creyendo que los gritos, las carcajadas en lenguas lejanas, y el sonido del acero hendiendo la carne la volverían loca. Su madre la cogió en brazos, y Vesta pudo notar su respiración agitada y el martilleo frenético de su corazón. Por suerte, los gritos iban alejándose, y las lágrimas de la chiquilla se detuvieron al notar el olor penetrante del bosque, cuando el abismo de verdor tapizado de nieve clara pareció estar muy cerca.
Pero, sólo entonces, Elí vio el grupo de hombres que se acercaba. Eran sólo cinco, pero avanzaban corriendo y entre chanzas. Seguramente tenían prisa por llegar al pueblo, y así disfrutar de lo que sus camaradas hubiesen dejado para los rezagados.
La madre de Vesta contuvo un grito y no dejó de correr. Pero la nieve era más espesa cuanto más se alejaba del promontorio donde se encontraba la aldea, y los pies se le enterraban más allá de los tobillos. De repente, trastabilló y se derrumbó.
Los hombres de armas, pues de hecho lo eran, ya la perseguían, y rieron cuando la vieron tratar de levantarse. Vesta, bajo ella, se puso a llorar de nuevo. No sabía lo que iba a suceder, ni quiénes eran aquéllos, pero tenía mucho miedo, una sensación que le atenazaba los miembros y la garganta, y que le daba ganas de yacer de nuevo en los brazos cálidos de su padre, antes de que éste marchase a la guerra.
A ella todos los extranjeros le parecían iguales; altos, rubios, de facciones marcadas y con luengas barbas recogidas en trenzas, con aceros terribles y ojos maliciosos. En realidad, le recordaban a su padre, pero ellos eran mucho más malvados. Los ojos de su padre siempre eran amables, y sus gestos cariñosos. Y nunca había usado una espada.
Elí ordenó a su hija que saliese corriendo, y Vesta lo dudó un segundo. Pero el gesto aterrado de su madre la obligó a tragarse las lágrimas y encaminarse hacia el bosque con toda la velocidad que le permitían alcanzar las piernas. Pero aquellos hombres daban largas zancadas, y uno de ellos fue en pos de ella, que ya se había hundido en la nieve, y la alzó en el aire por los cabellos. Vesta empezó a chillar, y a cambio recibió un bofetón. Notó un sabor cobrizo en la boca, y cómo un hilillo de sangre se le deslizaba desde los labios hacia la barbilla y el cuello. Pataleó, pero el hombre no le hizo caso. Iba mal afeitado, sus dientes estaban amarillentos y olían a podrido. Sus ropas de cuero hedían, y tenía roña en las uñas.
Pero Vesta no se fijó en nada de eso, sólo en la forma en que su madre se debatía. Dos tipos la habían agarrado de los brazos, y un tercero intentaba separarle las piernas. Ella gritaba y profería insultos, trataba de morder y arañar sin éxito. Sin embargo, atinó con el pie al bajo vientre de uno de sus agresores, que chilló como Vesta lo había hecho instantes atrás, y cayó al suelo. Pero enseguida se levantó. Su acero centelleó, y de repente Elí sufrió una sacudida, algo húmedo borboteó en su boca, y su cuerpo quedó inerte sobre la nieve.
A partir de ahí, Vesta no recordaba mucho. El hombre que la sostenía estaba riéndose, y los otros tres también. ¿Dónde estaba el otro? La niña golpeó la espinilla de su captor, y echó a correr hacia su madre, enloquecida. Uno de los extranjeros le había separado las piernas a su madre, y le arremangaba las faldas.
Pero, de repente, una espada le atravesó la garganta, salpicando a sus dos camaradas. Ambos cayeron antes de saber lo que sucedía, atravesados de parte a parte. Sin embargo, Vesta no se había detenido, y ya estaba arrodillada junto a su madre, sacudiéndola y gritándole que se despertase de una vez.
A su espalda, el hombre con la espada ensangrentada acababa de destrozar el torso del captor de Vesta con un mandoble.
La niña podía oler la sangre, y vislumbró algo viscoso en el vientre de su madre antes de desmayarse.
Cuando Vesta despertó, seguía al lado de su madre, estrechando su mano entre las suyas propias. Pero no se encontraban en el mismo lugar; estaban en el corazón del bosque. En un claro pequeño, cubierto de nieve y con un montón de árboles cerniéndose sobre la cabeza de Vesta.
Junto a ella, apoyando la espalda contra un árbol, había un hombre. Tenía la mirada perdida en la espesura, y no prestó atención a los sollozos renovados de Vesta.
Era muy alto, o por lo menos lo parecía. El pelo, enmarañado y con varias trenzas atadas con trozos de metal, le llegaba más abajo de los hombros, y le enmarcaba el semblante. Era un rostro duro, curtido por la intemperie, con una cicatriz atravesando transversalmente la nariz, los labios finos y una barba descuidada que le daba un aspecto de salvaje. Pero Vesta enmudeció cuando él le dirigió una mirada. Sus ojos eran de un azul profundo, como el hielo de los estanques que había en el pueblo, y parecían terribles bajo las cejas espesas, como si fuesen carbones encastrados a punto de arder de rabia.
Vesta tragó saliva, y sin querer soltó la mano de su madre.
- ¿Qué vas a hacer conmigo?- inquirió tras unos momentos de insoportable silencio. Él volvió a mirarla, y apartó la espada que yacía sobre las rodillas.
- Nada- barbotó, con un fuerte acento del norte y voz seca, cortante como el filo de una navaja.
- ¿Y…?- Vesta se mordió el labio, y empezó a llorar de nuevo cuando volvió la vista hacia su madre. De repente se dio cuenta de que ella nunca volvería a abrazarla, de que sus ojos verdes no le sonreirían antes de acostarla, o de que su voz no la tranquilizaría nunca más cuando hubiese tormenta.
Sin pensarlo siquiera, con un fuerte dolor en el pecho que no sabía de qué herida podía proceder, Vesta se arrojó sobre aquel hombre de mirada torva y barba descuidada, acurrucándose en su regazo. Sintió sus músculos en tensión, y su forma de chasquear la lengua, pero se aferró al jubón de cuero bajo el que se adivinaba una cota de malla, el mismo que sus lágrimas estaban humedeciendo.
Al cabo de unos momentos, dos brazos de fuerza tremenda la rodearon con una torpe ternura, y mientras el sol se escondía por fin entre las montañas, Vesta se quedó dormida.
Se despertó sola en el bosque, de golpe. Había soñado algo que la había asustado mucho, y le temblaban las manos. Seguía en el mismo sitio de antes, pero aquel hombre la había tapado con su manto de pieles. Olía fuerte, pero no mal, y daba mucho calor.
De repente, Vesta recordó a su madre y las lágrimas volvieron a aflorar. Empezó a temblar entre sollozos, y se incorporó de nuevo. ¿Dónde estaba su madre?
Justo cuando se levantaba para explorar el claro, el extranjero apareció de entre la espesura.
- ¿¡Dónde está mi madre!?- el recuerdo de los otros hombres intentando forzar a su madre, ya muerta, la espoleó y se lanzó contra él presa de un odio ciego.
- Enterrada en el bosque- contestó, imprimiéndole gran serenidad a su voz grave. Vesta se fijó en que tenía las manos manchadas de tierra, y también las ropas. Del cinturón le colgaban un par de conejos blancos, y llevaba un montón de ramas bajo el hombro.
- ¿Cómo te llamas?- le preguntó, una vez la jovencita se sentó y se arrebujó en su capa de pieles. No sabía muy bien como reaccionar, aún le parecía increíble que su madre estuviese muerta.
- Vesta… ¿y tú?- él esbozó una sonrisa torva, como si un hilo invisible le tensase los labios amargamente.
- Es un nombre bonito. Pertenece a una diosa del sur, ¿lo sabías?- su fuerte acento norteño le daba una cadencia muy particular a su voz.
- Sí. Me lo dijo mi padre.
- ¿Tú padre era monje?
- No, labrador. Pero antes había vivido en un monasterio. Y luego…se fue a la guerra- dejó de hablar, y él no insistió.
- ¿Sabes despellejar?- ella asintió, y aceptó la navaja que le ofrecían. Lo había hecho muchas veces con su madre, aunque a veces le daba un poco de asco.
Pasaron largo rato en silencio, mientras él encendía el fuego. Al cabo de un rato, incomodada por el silencio, interrumpido apenas por los sonidos del bosque, Vesta volvió a abrir la boca.
- ¿Y tú cómo te llamas?- preguntó inocentemente.
- Jurgen- respondió él secamente.
Y no volvieron a dirigirse la palabra hasta que anocheció.
El fuego crepitaba, y hacía que Vesta se estremeciese. Le corría la grasa del conejo por la barbilla, así que se la limpió con la capa de Jurgen. Tiró el hueso hacia el bosque, y bebió agua abundante de la cantimplora que le ofrecían.
Aún con el estómago lleno, empezó a pensar. ¿Por qué no la había matado? Al fin al cabo, era una niña indefensa. Aunque su padre siempre le contaba historias de caballeros que rescataban princesas, pero sus amigos siempre le decían que en realidad no había caballeros, y que a las princesas las pasaban a cuchillo después de “mancillar su virtud”. A ellos les hacía mucha gracia, y su padre siempre los reprendía.
- ¿Sabes lo que ha ocurrido en tu pueblo?- le preguntó Jurgen, mirándola directamente. Era incómodo.
- El…el ejército de Adam de Vikji, ¿no? Mi padre dijo que iba a combatir contra él- Jurgen la miró con suspicacia, pero Vesta no se dio cuenta.- Su-supongo que perdieron, y…- se puso a llorar. En esa ocasión, Jurgen no la abrazó, y en lugar de ello se levantó a toda prisa y se internó de nuevo en el bosque.
Vesta siguió llorando hasta que notó que ya no le quedaban lágrimas. Entonces se acostó, envuelta en el manto de Jurgen. Se dio cuenta de que no tenía padres, y de que toda la gente que conocía seguramente estaba muerta. Thaïs, que siempre le regalaba dulces; Cleos y Freya, los mellizos con los que siempre jugaba a señores y castillos; incluso el anciano Herger, que había viajado en todas direcciones con el drakkar del que siempre hablaba. Todos estaban muertos, y ella a merced de un hombre del ejército que acababa de arrasar su pueblo.
Sin embargo, en cuanto pareció calmarse, pensando en que él ya la podría haber matado tantas veces como quisiera, empezó a mirar al fuego que se extinguía con la mente en blanco, y se quedó dormida.
La luz del amanecer hirió los ojos de Vesta, que se puso de pie cuando la voz grave de Jurgen la llamó.
- Tenemos que irnos de aquí, a través del bosque. El ejército debe andar buscándome a estas alturas. ¿Tienes familia en algún sitio?- inquirió, con cierto nerviosismo. Se limpiaba las manos teñidas de un color rojo oscuro con un jirón de tela.
- No…- Jurgen la miró profundamente. ¿Había compasión en sus ojos acerados? Vesta no sabría decirlo-. ¿Me vas a llevar contigo?- se mordió el labio inferior, y bajó la mirada.
- Sí- una larga pausa-. Al menos hasta algún lugar donde puedas quedarte.
Sin saber por qué, Vesta sintió un calor extendérsele por el pecho, y la imagen de su madre tendida sobre la nieve desapareció.
Caminaron durante toda la jornada, haciendo muy pocas pausas. Vesta conocía los bosques, pero no demasiado, así que Jurgen solía merodear muy cerca de ella, alejándose lo justo para comprobar si los seguían. Por suerte, no fue así, y acamparon bajo una roca gigantesca, como un diente retorcido que surgía de las entrañas de la tierra. Jurgen volvió a encender un fuego, y los dos devoraron con avidez una loncha de carne en salazón, un trocito de queso y pan duro humedecido con un líquido ambarino que Jurgen guardaba celosamente en un pequeño pichel, y que sabía muy fuerte.
- ¿Tú eres malo?- preguntó ella de repente, tragando con dificultad el pan. Él intentó contener la risa, pero no pudo, y sus carcajadas retumbaron, graves, por todo el claro.
- ¿Te parezco malo?- Vesta calló, sin saber qué decir. Parecía muy, muy malo.
Cuando la noche se abatió sobre el bosque, cuyos lindes ya se vislumbraban más allá de las colinas, Jurgen se estiró cuan largo era sobre una estera de esparto, y Vesta se tumbó a su lado con timidez. Él no dijo nada, pero se giró y la atrajo contra su pecho con cuidado.
- Tienes las manos como mi padre- dijo la chiquilla, al cabo de un rato-. Grandes, llenas de callos. Y muy frías- se las toqueteó, apretando las venas marcadas en el dorso, sosteniéndola entre las suyas, diminutas a su lado.- Mi padre me dejaba montar en el poni que usaban para mover el molino, y siempre me contaba cuentos antes de dormir, y… Cuando se marchó a la guerra le hice un colgante con un trozo de madera que Wulf talló por mi día del nombre, con una runa “V”, de Vesta. Se lo colgué al cuello, para que no se olvidase de mamá ni de mí- sollozó, y se apretó contra Jurgen.
Si ella lo hubiese mirado en aquel momento, vería en sus ojos una tristeza tan profunda como un abismo sin fondo.
- Hace mucho tiempo, había…- comenzó a narrar Jurgen, pero se dio cuenta de que Vesta ya estaba dormida.
Cuando el amanecer ya estaba próximo, Jurgen salió de la vigilia en que el cansancio le había sumido, y trató de desperezarse sin despertar a Vesta. Orinó sobre las brasas de su pequeña hoguera, y se ciñó el talabarte de la espada a la cintura. Bebió un largo trago del líquido ambarino de su pichel, y se internó en la espesura.
Caminó siguiendo sus propias huellas, que ya habían desaparecido prácticamente, hasta que encontró la pequeña tumba que había excavado horas atrás.
Era apenas un hueco en la tierra de poca profundidad, cavada con las manos y la ayuda de un trozo de corteza de árbol. Y allí descansaba la madre de aquella chiquilla, Vesta. Jurgen aún no podía explicarse por qué demonios la había salvado. Conocía a sus camaradas, que después de permanecer en la segunda línea de la batalla necesitaban desfogarse, y los había visto muchas veces haciendo lo mismo. Pero, por algún motivo, no pudo soportar los gritos desesperados de la niña.
Allí, arrodillado frente a un montón de tierra, Jurgen cerró los ojos. Su memoria voló entre el tiempo y el espacio, y de repente se encontró inmerso en el fragor del combate, con el olor de la sangre derramada espoleando sus sentidos, moviéndose casi por un instinto salvaje, primario y violento. Casi pudo volver a sentir el peso de la espada y la coraza, el fuego ardiendo en sus venas y dándole valor.
Pero Jurgen ignoró los fugaces recuerdos de la batalla, y se centró en lo que iba después, en el campo manchado de sangre, con los cuerpos repartidos por doquier, cuando la rabia se aplacaba y los guerreros experimentaban algo parecido a clemencia por los que estaban heridos de muerte.
Vio claro y nítido el rostro macilento de un hombre; pálido, frío y manchado de sangre. Tenía las manos como las suyas; grandes, ásperas y surcadas de venas. Estaba muerto. Jurgen se agachó a su lado, y le cerró los párpados con la mano para no ver sus ojos desorbitados y vidriosos. Secándose el sudor de la frente, y a punto de levantarse, se dio cuenta de que aquel tipo muerto llevaba una talla de madera colgada al cuello, bastante bonita. Se la arrancó sin miramientos, y se la guardó en el pequeño zurrón que le colgaba del cinto.
Y así, arrodillado en la nieve que ya había cubierto la tierra fresca del sepulcro, enterró un colgante de madera tallada en forma de “V”, de Vesta.
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