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    2006年4月

    El Reo de Muerte

    EL REO DE MUERTE

    ¡Para hacer bien por el alma
    del que van a ajusticiar!
    I

    Reclinado sobre el suelo
    con lenta amarga agonía,
    pensando en el triste día
    que pronto amanecerá,
    en silencio gime el reo
    y el fatal momento espera
    en que el sol por vez postrera
    en su frente lucirá.

    Un altar y un crucifijo,
    y la enlutada capilla
    lánguida vela amarilla
    tiñe en su luz funeral,
    y junto al mísero reo,
    medio encubierto el semblante,
    se oye al fraile agonizante
    en son confuso rezar.

    El rostro levanta el triste
    y alza los ojos al cielo;
    tal vez eleva en su duelo
    la súplica de piedad:
    ¡Una lágrima! ¿es acaso
    de temor o de amargura?
    ¡Ay! a aumentar su tristura
    ¡Vino un recuerdo quizá!

    Es un joven y la vida
    llena de sueños de oro,
    pasó ya, cuando aún el lloro
    de la niñez no enjugó:
    El recuerdo es de la infancia,
    ¡Y su madre que le llora,
    para morir así ahora
    con tanto amor le crió!

    Y a par que sin esperanza
    ve ya la muerte en acecho,
    su corazón en su pecho
    siente con fuerza latir,
    al tiempo que mira al fraile
    que en paz ya duerme a su lado,
    y que ya viejo y postrado
    le habrá de sobrevivir.

    ¿Mas qué rumor a deshora
    rompe el silencio? resuena
    una alegre cantinela
    y una guitarra a la par,
    y gritos y de botellas
    que se chocan, el sonido,
    y el amoroso estallido
    de los besos y el danzar.

    Y también pronto en son triste
    lúgubre voz sonará:
    ¡Para hacer bien por el alma
    del que van a ajusticiar!

    Y la voz de los borrachos,
    y sus brindis, sus quimeras,
    y el cantar de las rameras,
    y el desorden bacanal
    en la lúgubre capilla
    penetran, y carcajadas,
    cual de lejos arrojadas
    de la mansión infernal.

    Y también pronto en son triste
    lúgubre voz sonará:
    ¡Para hacer bien por el alma
    del que van a ajusticiar!

    ¡Maldición! al eco infausto
    el sentenciado maldijo
    la madre que como a hijo
    a sus pechos le crió;
    y maldijo el mundo todo,
    maldijo su suerte impía,
    maldijo el aciago día
    y la hora en que nació.

    II

    Serena la luna
    alumbra en el cielo,
    domina en el suelo
    profunda quietud;
    ni voces se escuchan,
    ni ronco ladrido,
    ni tierno quejido
    de amante laúd.

    Madrid yace envuelto en sueño,
    todo al silencio convida,
    y el hombre duerme y no cuida
    del hombre que va a expirar;
    si tal vez piensa en mañana,
    ni una vez piensa siquiera
    en el mísero que espera
    para morir, despertar;

    que sin pena ni cuidado
    los hombres oyen gritar:
    ¡Para hacer bien por el alma
    del que van a ajusticiar!

    ¡Y el juez también en su lecho
    duerme en paz! ¡y su dinero
    el verdugo placentero
    entre sueños cuenta ya!
    Tan sólo rompe el silencio
    en la sangrienta plazuela
    el hombre del mal que vela
    un cadalso al levantar.

    Loca y confusa la encendida mente,
    sueños de angustia y fiebre y devaneo
    el alma envuelven del confuso reo,
    que inclina al pecho la abatida frente.

    Y en sueños
    confunde
    la muerte,
    la vida.
    Recuerda
    y olvida,
    suspira,
    respira
    con hórrido afán.

    Y en un mundo de tinieblas
    vaga y siente miedo y frío,
    y en su horrible desvarío
    palpa en su cuello el dogal;
    y cuanto más forcejea,
    cuanto más lucha y porfía,
    tanto más en su agonía
    aprieta el nudo fatal.

    Y oye ruido, voces, gentes,
    y aquella voz que dirá:
    ¡Para hacer bien por el alma
    del que van a ajusticiar!

    O ya libre se contempla,
    y el aire puro respira,
    y oye de amor que suspira
    la mujer que un tiempo amó,
    bella y dulce cual solía,
    tierna flor de primavera,
    el amor del la pradera
    que el abril galán mimó.

    Y gozoso a verla vuela,
    y alcanzarla intenta en vano,
    que al tender la ansiosa mano
    su esperanza a realizar,
    su ilusión la desvanece
    de repente el sueño impío,
    y halla un cuerpo mudo y frío
    y un cadalso en su lugar.

    Y oye a su lado en son triste
    lúgubre voz resonar:
    ¡Para hacer bien por el alma
    del que van a ajusticiar!

    El Reo de Muerte
    José de Espronceda
     

     

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