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日志


2006年3月

Los Falsos Peregrinos (Capítulo XI)

Acre estaba perdida.
Lotario de Voss gritó hasta desgañitarse pidiendo ayuda en nombre de Dios y de Nuestra Señora. En vano.
De pronto cesaron las carreras. Comprendió que el carcelero también había huído, que estaba solo en el enorme edificio y abandonado a su suerte.
Tenía que salir de allí como fuera. Pronto llegarían los sarracenos y lo encontrarían encadenado a la pared. No se hacía ilusiones. En otras circunstancias quizá lo habrían hecho prisionero para pedir un rescate o para venderlo como esclavo, pero la caída de Acre les iba a proporcionar tantos esclavos jóvenes que nadie daría un chavo por uno que ya había rebasado los treinta años, menos aún si no conocía otro oficio que el de las armas, un tipo peligroso del que cualquier amo juicioso no podría fiarse nunca. No, seguramente lo degollarían allí mismo.
La perspectiva de morir no le preocupaba especialmente. Se había acostumbrado a considerar esa eventualidad desde que desembarcó en Tierra Santa e ingresó en la orden. Sabía de sobra que la muerte no era más que uno de los muchos azares cotidianos. Pero no podía consentir que mataran a su hermano, al pobre Gunter. Se imaginó a los mamelucos, en el lazareto abandonado por los médicos, degollando a los heridos, acuchillando los cuerpos de los moribundos. Le pareció percibir la voz infantil de Gunter gritando su nombre.
Agarró la cadena con ambas manos y, haciendo fuerza con los pies en el muro, tironeó durante un buen rato intentando arrancarla. En vano. El hierro estaba metido  profundamente en la piedra, remachado sobre la cara interna del sillar, y no cedía un ápice. Lotario se detuvo, jadeante. El vocerío de la calle se había alejado hasta convertirse en un rumor. Los vecinos abandonaban  el barrio para acogerse a la única salvación posible, el puerto.
Volvió a forcejear con los grilletes, con renovados ímpetus durante un buen rato hasta despellejarse la muñeca. La cadena no cedía. Afuera resonó el estampido de una piedra al rebotar contra el escarpe del foso. Las máquinas sarracenas bombardeaban sistemáticamente la ciudad condenada.
Lotario de Voss sudaba copiosamente. Se concedió un respiro antes de volver a la tarea. En el muro opuesto una rata asomó el hocico  por su madriguera, venteó ligeramente el aire y desapareció. Unos segundos después salió, seguida de otras tres ratas menores, y huyeron escalera arriba.
Ocurría algo. Lotario aguzó el oído. Entre sus propios jadeos entrecortados le pareció percibir un rumor diferente que venía de arriba. ¡Agua! La piedra sarracena había destrozado la compuerta de la esclusa y el agua del mar estaba invadiendo el foso. Por el respiradero brotó un chorro de agua con tal fuerza que alcanzó el muro frontero. Miró la puerta entrecerrada. La inundación la empujó, abriéndola de par en par, y en un instante los cinco peldaños se convirtieron en una catarata de agua y lodo. Lotario de Voss calculó que el último peldaño quedaba por encima de su cabeza hasta donde la cadena le permitiía incorporarse. Después de todo no lo iban a degollar los sarracenos: iba a morir ahogado. El agua le llegaba ya por las rodillas. No le daría tiempo a arrancar la cadena. El pobre Gunter estaba condenado. Nadie acudiría a salvarlo. Su única esperanza era él y dentro de unos minutos estaría muerto.
Entonces concibió otra manera de escapar, la única.
Extendió la mano prisionera, la mano larga de dedos elegantes, fuertes como el acero, que, si seguía adelante con su terminación, estaba mirando por última vez. La argolla que la apresaba tenía cierta holgura. Sin el estorbo de los dedos meñique, anular y quizá el corazón, podría liberarla y sobrevivir. De otro modo estaba fatalmente condenado a perecer ahogado.
No debía perder un segundo.
Lotario de Voss cerró los ojos y se clavó los dientes en el pulpejo de la mano hasta que sintió brotar, cálida, la sangre. Escupió el bocado y nuevamente mordió la carne desgarrada, una y otra vez., hasta que perdió la dureza del hueso entre los dientes. Ajeno al insoportable dolor que se estaba infligiendo, prosiguió su tarea mientras el agua teñida de rojo a su alrededor le llegaba ya a la cintura y no cesaba de subir. Casi se desmayó al dar el tirón que lo liberó cuando el agua le llegaba ya por la barbilla.
 
Capítulo XI de " Los Falsos Peregrinos" (Nicholas Wilcox)  [Trilogía Templaria]

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