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marzo 2006 Libros MalditosPor Mar Rey Bueno Tratados demonológicos
La emergencia de la modernidad en Europa occidental tuvo lugar acompañada de un increíble miedo al diablo. El Renacimiento heredaba conceptos e imágenes demoníacas que se habían precisado y multiplicado en el curso de la Edad Media, pero les dio una coherencia, un relieve y una difusión antes nunca alcanzados.
El diablo fue uno de los grandes miedos de la sociedad europea medieval y moderna. Agente universal del mal, se consideró como el aliado objetivo de todas las fuerzas sospechosas de ser hostiles a la religión cristiana. Convertido en explicación universal para todo lo que molestaba al poder político y espiritual, el diablo obsesionó a la sociedad occidental a partir de la Baja Edad Media. Esa mentalidad obsesiva, llevada al paroxismo por catástrofes naturales y políticas sin precedentes, engendró una inmensa reacción contra todos los sospechosos de ser agentes de Satán: empezaba la gran caza del diablo.
En el momento en que culminó en Europa el miedo a Satán, es decir, en la segunda mitad del siglo XVI y principios del siglo XVII, aparecieron en los diferentes países obras de importancia que aportaron, con un lujo de detalles y de explicaciones jamás antes alcanzado, todas las precisiones que una opinión ávida deseaba tener sobre la personalidad, los poderes y los rostros del enemigo del género humano.
En esta época coexisten dos representaciones diferentes de Satán: una popular y otra elitista, siendo esta última la más trágica.
La visión popular del diablo se observa a través de las declaraciones en los procesos y de las anécdotas contadas por humanistas y hombres de Iglesia. Se trata de un universo politeísta donde el diablo es una divinidad más, susceptible de ser ablandado y que puede resultar bienhechor. Se le presentan ofrendas, sin menoscabo de excusarse luego por este gesto ante la Iglesia oficial. En cambio, durante largos siglos de historia occidental las gentes instruidas juzgaron deber suyo dar a conocer a los ignorantes la identidad auténtica del Maligno por medio de sermones, catecismos, obras de demonología y procesos.
El miedo al diablo, con su cima entre 1575 y 1625, estuvo presente, sobre todo, en los medios dirigentes, de donde salieron teólogos, juristas, escritores y soberanos. Desenmascarar a Satán fue una de las grandes empresas de la cultura docta europea en el inicio de los tiempos modernos.
Se estima que. solo en Alemania, se vendieron, en la segunda mitad del siglo XVI, más de 230.000 ejemplares de obras relativas al diablo. Resulta difícil diferenciar estas obras de la producción escrita destinada a la descripción del mundo brujeril o supersticioso. En todos los casos se estaba hablando de lo mismo: la descripción de una sociedad secreta, diabólica, dedicada al acoso y derribo de la cristiandad.
De cualquier forma, y pese a que muchos escritos antisupersticiosos o brujeriles dediquen apartados específicos al pacto diabólico, existió una literatura específicamente dedicada al demonio, sus argucias y la manera de combatir ambos.
Alfonso de Espina: Fortalitium fidei (1485)
Espina, religioso franciscano en Valladolid y profesor de la Universidad de Salamanca, es el autor de la primera obra impresa donde se describe el pacto demoníaco y los males que produce. La finalidad del franciscano era combatir a herejes, judíos, moros y demás sectas, agentes de Satán en la Tierra, describiendo los efectos que causaron en aquellos países donde se asentaron.
Destaca, en la temática demonológica, el quinto libro titulado De helio daemonum, donde se abordan cuestiones tales como si hay demonios, su naturaleza, cualidad, ciencia, morada, malicia y propiedades; la guerra sostenida en los cielos entre demonios y arcángeles y en la tierra con el género humano, su perdición y derrota final, la guerra llevada a cabo por los demonios tras la venida de Cristo, la diversidad de los mismos, la cualidad de los cuerpos en los cuales los demonios aparecen, y el fin de la guerra sostenida por los demonios.
Spina ofrece hasta diez variedades de demonios, en función de su poder:
1. Destinos, vistos por algunas personas, aunque San Agustín dice que el único destino es la voluntad de Dios.
2. Duendes caseros, que cometen pequeñas fechorías por la noche, como romper objetos, tirar de la ropa de la cama, dar pisadas fuertes. Desplazan las cosas, pero no son muy dañinos.
3. Incubos y súcubos, en función de su sexo: íncubos (masculinos) y súcubos (femeninos). Ambos tienen la capacidad de procrear, y resulta, cuando menos sorprendente, la explicación que ofrece Espina: un demonio se convierte en súcubo o mujer y seduce a un hombre en su lecho; tras la cópula, el demonio retiene el semen del hombre, conviniéndose en un íncubo o demonio varón, y al copular con una mujer implanta el semen en ella. De este modo los demonios efectúan una transmisión de semen y las mujeres quedan embarazadas, siendo el ejemplo más famoso el del mago Merlín.
4. Huestes, que aparecen como hordas de hombres que organizan gran tumulto.
5. Demonios familiares, que comen y beben con los hombres.
6. Demonios de las pesadillas, que aterrorizan a los hombres mientras duermen. 7. Demonios formados de semen y su olor, cuando copulan hombres y mujeres. Hacen que los hombres sueñen con mujeres, de modo que reciben el producto de la eyaculación y con él forman un nuevo espíritu.
8. Demonios engañosos, que a veces aparecen como hombres y otras como mujeres.
9. Demonios limpios, que atacan a los hombres santos. Son, en realidad, los más repugnantes.
10. Demonios que engañan a las ancianas, haciéndoles creer que van volando a los aquelarres.
Manuales de exorcistas
La sociedad europea de la Edad Moderna creía firmemente en la capacidad del diablo para actuar sobre las tres potencias del alma, incentivando la memoria, haciendo el intelecto más sutil e influyendo en la voluntad humana mediante visiones e imaginaciones.
Los profundos conocimientos del demonio lo llevaban a poder conocer y tener noticia de todas las cosas naturales y corporales: los movimientos de los cielos, las virtudes de las estrellas, los eclipses y conjunciones planetarias, las propiedades de metales, hierbas y animales. Su comprensión de la astrología, la filosofía y la medicina era superior a la de todos los sabios del mundo y era esta inteligencia superior la que ponía en manos de sus servidores.
Si terribles eran las armas culturales demoníacas, no menos lo era su capacidad de poseer a su voluntad a los seres humanos. Uno de los peores daños que podía causar el diablo a los hombres era introducirse en sus cuerpos. Para los españoles de la Edad Moderna, la posibilidad de una posesión demoníaca quedaba fuera de toda duda. En opinión de los expertos en la materia, era el mismo Dios quien permitía que los demonios se introdujeran en los cuerpos de los hombres, a fin de que estos entendiesen cómo iban a ser tratados en el infierno si osaban establecer cualquier tipo de pacto implícito o explícito.
En la gran caza del diablo desarrollada entre los siglos xiv y XVI, el exorcismo tiene un papel de primera importancia. El hecho de que los sacerdotes copasen la posibilidad de expulsar los demonios del cuerpo de un poseso, hecho que podía ser realizado por cualquier cristiano en los primeros siglos de nuestra era, radica en el aspecto teatral del acto.
Solo la Iglesia podía ser depositaria de un poder sobrenatural de tan amplio calado social como era la capacidad de imponerse a las fuerzas del mal.
Se desconoce la fecha de creación de un orden de exorcistas. Su existencia quedó atestiguada desde el siglo iv por el Concilio de Cartago (398). Hasta 1972 todo sacerdote de la Iglesia de rito latino, antes de ser subdiaconado, recibía una orden menor que era la del exorcistado. En el momento de conferirla el obispo entregaba al ordenado el libro de los exorcismos, al mismo tiempo que pronunciaba estas palabras:
Recibe y confía/o a tu memoria, y ten potestad de imponer las manos sobre los posesos. ya sean bautizados o catecúmenos, si bien solo podían ejercer esta potestad los sacerdotes expresamente designados por el obispo diocesano. Fue en 1972 cuando Pablo VI, con el documento Ministeria Quaedam, suprimió la orden menor de exorcista.
El ritual exorcístico quedó fijado, con total precisión, en el siglo XVI. No en vano nos encontramos, por aquellos entonces, en la cúspide de la obsesión satánica. El ritual, preparado en 1523 por Alberto Castellani en su Liber sacerdotaus, fue impuesto por León X como la norma oficial a seguir en la Iglesia. Los criterios de posesión mencionados eran numerosos y demasiado vagos, situación que fue remediada en 1614 por Pablo V con la publicación del Ritual Romano.
Girolamo Menghi: Fuga daemonum (1577)
Conocido como el padre del arte exorcístico, este franciscano, nacido en la provincia italiana de Mantua, fue aclamado como el más destacado de los exorcistas italianos renacentistas y, seguramente, uno de los demonólogos más prolíficos. En apenas diez años publicó cuatro tratados: Fuga daemonum (Bologna, 1577), Compendio dell´arte essorcistica et possibilitá delle mirabili et stupende operazioni delle demoni e de i malefici (Bologna, 1582), Flagellum daemonum (Bologna, 1586) y Fustis daemonum (Venecia, 1587).
Los dos últimos comprenden una valiosa recopilación de distintos modos de exorcismo, construidos sobre capítulos del Apocalipsis. Destaca, en concreto, el capítulo séptimo de Fustis daemonum, donde se describe detalladamente la sintomatología característica de una persona poseída por el demonio.
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